Remembranzas
Quiero
dedicar estas líneas, extraídas desde lo más recóndito de mi memoria, a mis
padres, Ricardo De La Rosa Rosende y Eulalia Machado Montes de Oca.
El siguiente relato no tiene pretensiones históricas ni literarias, siendo su única intención describir vivencias de mi
infancia.
Aunque perduran indelebles recuerdos, que espero exponer fidedignamente, siempre
existe la posibilidad de que algunos datos pudieran contener erratas.
Algunas veces el tiempo es cruel e inexorable.
Richard
Miami, Mayo del
2008
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EL VIAJE
Lanchita
rumbo a El Cayo
Navegaba la lanchita, lenta, pero persistentemente, rumbo a su destino, el
Cayo Juan Claro.
El rítmico sonido del motor de sesenta caballos de fuerza lanzaba quejidos
lastimeros, como queriendo expresar lo tedioso de su trabajo, el esfuerzo
inmenso de mover aquel barquichuelo sobrecargado de personas, sobre un mar,
cuyas olas, aunque no peligrosamente altas, sí algo inquietas.
Había quienes se habían instalado no solamente en la popa, sino también
sobre el techo y ambas bordas.
Sentado en una de ellas, con su espalda muy cerca del agua, iba un señor llamado Segundo Betancourt, muy
famoso por sus chistosas ocurrencias,
quién, poniéndose de pie súbitamente al ser salpicado por una ola exclamó: -¡Se
me ha mojado el As de Oro!”.
Yo me había acomodado en la proa, debido al panorama privilegiado que me
ofrecía ese lugar.
En aquella época de mi vida, la vista era larga, por ser la edad corta, y
más que simples siluetas, podía distinguir en la lejanía diáfanos detalles de
lo que me brindaba el horizonte.
Por mucho que indagué, nadie supo
informarme en honor a que personaje le agregaron el apelativo Juan Claro. En lo adelante, lo nombraré simplemente “El
Cayo”.
Cuando atracamos a un pequeño muellecito, sus límpidas aguas, en contraste
con las profundas de la bahía, permitían observar con nitidez el fondo del mar.
Se distinguían pececillos de múltiples colores, siendo tal la
transparencia, que entusiasmado por su aparente cercanía, traté de capturarlos,
logrando solamente empapar las mangas de mi camisa.
Para mi asombro, descubrí que había más de dos brazas de calado,
encontrándose totalmente fuera de mi alcance.
Esa fue la inicial de innumerables sorpresas, así como la primera lección
de las muchas que allí recibí.
Para mí, aquel paradisíaco lugar se convirtió súbitamente en un amor a
primera vista.
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EL CAYO
El Pedraplén hacia El Cayo
Mi padre había sido nombrado a una posición gubernamental, Inspector jefe
de la Aduana en mi pueblo natal, Puerto Padre e íbamos a residir a El Cayo.
Tenía el progenitor de mis días la responsabilidad de aprobar los
manifiestos, despachos y mercancías, de los navíos que arribaban a puerto, para
descargar productos o llevar azúcar y miel de purga a distintos puntos del
planeta.
Aunque le llamaban Cayo, el ingenio fecundo del hombre, sin tener en cuenta
la poco avanzada tecnología de la época, logró convertir un islote en una
península.
El General Mambí, Mario García Menocal, quien había sido Presidente de la
Republica, elegido democráticamente por nuestros ciudadanos por dos períodos
consecutivos, y líder del partido político Conservador, era asimismo un
ingeniero muy talentoso, quien recientemente había consumado la construcción en
nuestro municipio del Central azucarero “Delicias”, el mayor del mundo en esa
época.
Dicho central, unido al ya existente “Chaparra” constituían dos colosos
azucareros, con una enorme capacidad de producción.
Ambos eran propiedad de la empresa Cuban Ameriacan Sugar Mills, la que subsecuentemente nombraré “La Compañía”.
Ante la necesidad de encontrar un lugar conveniente para embarcar sus
productos, ubicado en la cercanía de ambos centrales, que asimismo tuviera el
suficiente calado para albergar todo tipo de buques, fue elegido El Cayo, lugar
que reunía todas esas condiciones, menos una, que fue habilidosamente
solucionada, cuando Menocal planeó y edificó una obra portentosa.
Rellenando las partes bajas de la bahía, conectaron aquella islita con la
tierra firme, montando sobre el construido pedraplén una vía férrea, así como tendidos eléctricos y telefónicos.
También fueron creadas en el lugar elegido todas las condiciones
adicionales, imprescindibles para su buen funcionamiento, incluyendo viviendas.
Los almacenes destinados a guardar el azúcar eran enormes. El mayor de ellos, por su gran tamaño era
llamado “El Capitolio”.
Los tanques de miel eran también descomunales, siendo sus facilidades de
bombeo hacia los buques cisternas las mayores y más modernas del mundo.
Cerca de los muelles se encontraba el Departamento Comercial, una tienda
mixta propiedad de La Compañía, donde podían adquirirse gran diversidad de
artículos, víveres, y enseres.
Frente a ese comercio se encontraba una “fonda”, cuyo propietario brindaba
excelente comida, a precios razonables.
Por no ser demasiado extenso el territorio, además de estrecho y alargado,
solo contaba con un número muy reducido de calles, cuya mayoría eran mas bien
angostos callejones que separaban las residencias, no existiendo ningún tipo de
automóviles o camiones, que por aquella época de los años treinta ya se hacían
notar en muchas ciudades y pueblos.
Los medios de transportación se componían de tres carretones tirados por
mulas, que se utilizaban con el propósito de acopiar la basura, repartir el
hielo y acarrear agua para la limpieza y el aseo personal.
Todo otro movimiento urbano era efectuado a pie o en bicicleta.
Era de gran provecho para la administración de los ingenios que viviéramos
en El Cayo y no en Puerto Padre, porque al no tener que aguardar por el viaje
del inspector jefe cada vez que arribaba una nave de bandera foránea, los
trámites se efectuarían al momento de su llegada, ahorrándose La Compañía el
pago de cargos extra, que cobraban las empresas navieras por cualquier tiempo
adicional que sus buques estuvieran ociosos en puerto.
Debido a esa conveniencia y la importancia del empleo de mi padre nos
brindaron gratuitamente una de las mejores residencias del lugar, con otros
beneficios adicionales sin cargo alguno, como teléfono, luz e hielo.
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El CHALET

Chalet
Todas las casas en El Cayo habían
sido construidas por La Compañía, para albergar las familias de sus empleados.
A las mejores, reservadas para los ejecutivos, les llamaban “Chalets”
El que nos adjudicaron era muy amplio, situado cerca del extremo norte, en
la mejor parte de la calle principal y convenientemente alejado de los
embarcaderos y almacenes.
Era de recia construcción, edificado, en forma de “U”, montado sobre
pilotes de aproximadamente cuarenta pulgadas de altura, con la finalidad de
prevenir inundaciones.
El techo, corredores y los pisos habían sido construidos utilizando maderas
de excelente calidad.
Al frente tenía un extenso portal, detrás del cual se encontraban, en el
centro una sala de gran tamaño, donde mi madre pudo acomodar su piano sin
dificultad, y a su lado, iniciando el ala izquierda, la amplia habitación de
mis padres, seguidas por tres más, no tan extensas, destinadas a invitados y el
servicio doméstico.
Detrás de la sala y el comedor, había un pequeño corredor techado, que
conectaba las dos hileras de aposentos.
En el ala derecha, después del portal, estaba mi dormitorio, que aunque no
era muy espacioso me gustó mucho, porque tenía una ventana con vista a la
calle; continuando con un amplio comedor, seguido de la cocina, al fondo de la
cual, separados por un pasillo, se encontraban dos cuarticos, que eran
utilizados, uno para almacenar el carbón vegetal que alimentaba el fogón y otro
que (no existiendo tuberías para duchas) era empleado para bañarse por medio de
un “balde” y una lata, sobre el piso, que había sido convenientemente
barrenado, para que el agua cayera bajo la casa.
Tenía un amplio patio rodeado por una cerca de madera, donde, con cierta
separación de la vivienda, se encontraba una casita preparada para evacuar las
necesidades fisiológicas, por no haber en todo el lugar agua corriente ni
alcantarillado para inodoros.
Junto a la cerca derecha, que colindaba con un pequeño callejón, estaban
situados dos bidones de madera, que se empleaban para almacenar agua destinada
a la limpieza y el aseo personal.
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EL PRIMER RECORRIDO
Cargando Miel
Debido a la previsora iniciativa de mis padres, habíamos desembarcado con
solo un ligero equipaje de mano.
Al arribar a nuestro nuevo domicilio, los muebles, la mayoría de la ropa,
utensilios y artículos personales, así como una factura de víveres habían
llegado anticipadamente.
Todo había sido conveniente y anteladamente colocado en sus sitios
correspondientes, cuando mis padres realizaron un viaje previo.
Llegando a la casa, Cuca, la cocinera, que ya estaba instalada desde el día
anterior, comenzó a confeccionarnos un exquisito almuerzo, pidiéndonos que le
concediéramos algún tiempo para terminarlo.
Mientras esperábamos, para aprovechar el intervalo, decidimos pasar revista
los alrededores.
Como el lugar no era muy extenso, mis padres pudieron mostrarme varios
sitios en los contados minutos que teníamos disponibles.
Pudimos ver de cerca los almacenes de azúcar, muelles, tanques, e
instalaciones de bombeo.
Inspeccionamos el Departamento Comercial, donde tuvimos la oportunidad de
conversar con su administrador, el señor Ríos, quien muy amablemente nos mostró
las distintas secciones de que contaba, así como algunas mercancías.
Nuestra última visita fue a la fonda, donde, después de tomar un
refrigerio, su propietario nos dio la bienvenida, obsequiándonos con uno de los deliciosos postres que allí
se confeccionaban.
Cuando regresamos a nuestro recién estrenado hogar, ya nada me era
completamente desconocido, faltándome solamente volver a recorrer
minuciosamente los lugares que brevemente había visitado, algunos de los cuales
habían incentivado mi interés o curiosidad.
Sabía que mi estancia en El Cayo iba a ser extensa y me quedaba suficiente
tiempo para efectuarlo.
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EL CLUB NÁUTICO
La Cornuda
A un lado del muellecito donde atracaban las lanchitas que iban y venían
desde y hacia Puerto Padre y la playa de la Boca, se encontraba el Club
Náutico.
Consistía de una amplia casa club, toda de madera, edificada encima del
mar, sobre enormes pilotes.
Era administrado y subvencionado por La Compañía, a cuyo lugar solamente
asistían, sin costo alguno de membresía, sus empleados de alto rango, invitados
especiales, y por supuesto nosotros.
Su función primordial era proporcionarles a las familias de sus ejecutivos
un lugar de esparcimiento, donde recrearse y socializar.
Había un lugar para la natación, cercado por grandes horcones, para
guarecer a los concurrentes del peligro de los tiburones que pululaban por la
bahía.
Comenzaba en la orilla, con una playita artificial que nunca era utilizada
por la gran cantidad de erizos de mar que cubría su fondo, por lo que era
conveniente nadar en la parte honda, obviando los dolorosos pinchazos de
aquellos animalejos, que además de su mala presencia, emanaban un olor muy
desagradable cuando morían.
A mí me encantaba escapar del fuerte calor dándome un chapuzón en aquellas
frescas aguas.
Aunque no se efectuaban muchas fiestas en El Club, se celebraban actos los
días festivos, patrióticos o tradicionales, cubanos o norteamericanos.
En ese sitio pude aprender lo que significa Haloween y quien era Santa
Claus.
La fiesta más importante y de mayor asistencia y elegancia era la de
esperar el arribo del nuevo año, para la cual contrataban una orquesta.
Para las señoras era una bendición El Club, y a no ser por él la vida en El
Cayo hubiera sido no solo aburrida y
monótona, sino insoportable.
Un caluroso domingo fuimos a pasarlo al Náutico, como era nuestra
costumbre.
Aunque mi padre me había convertido en un experto nadador, mi madre, que
era extremadamente precavida, no me permitía deambular sin el consabido
salvavidas.
Acudía a nuestro lugar de recreo un adolescente llamado Raúl, quien era
inquieto e intrépido, siendo su actividad favorita brincar sobre un trampolín
situado en la parte más profunda; efectuando audaces piruetas y tiradas.
Yo correteaba por los alrededores, cuando escuché a mi padre gritarle al
temerario mocetón: -“Raúl, no te
tires al agua y sal inmediatamente de ese trampolín, porque hay un tiburón
dentro de la poceta”.
Obedeciendo, Raúl salvó la vida ese día.
Cuando nos acercamos pudimos divisar una gran sombra que daba vueltas
dentro del lugar cercado.
Era una “cornuda”, o “pez cabeza de martillo” que había penetrado a través
de un poste defectuoso, probablemente carcomido por los efectos del mar y el
transcurso del tiempo.
Hubo que llamar a un pescador experto, de apellido Gisbert para que
arponeara y se deshiciera de aquel temible escualo.
Al día siguiente remplazaron el madero dañado e inspeccionaron los demás,
sustituyendo todos los que lucían desgastados o defectuosos,
Aún con todas las precauciones y reparaciones, en lo sucesivo, antes de
lanzarnos al agua, escudriñábamos el fondo minuciosamente, hasta estar
completamente seguros que no había peligro.
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LAS SUBVENCIONES
Teléfono de El Cayo
La Compañía proveía los elementos
imprescindibles, para la subsistencia y el buen funcionamiento del lugar,
comenzando con el fluido eléctrico, que era de doscientos veinte voltios en lugar del convencional de ciento
diez.
La electricidad provenía de dos potentes plantas termoeléctricas que habían
sido construidas en los Centrales Delicias y Chaparra, las cuales,
concatenadas, suministraban ese servicio, no solamente a los ingenios, sus
“bateyes” y El Cayo, sino también al resto del municipio de Puerto Padre,
Holguín y Gibara.
Como en aquella época temían poco tiempo de inventados los refrigeradores y
eran muy costosos, nos valíamos de neveras, que funcionaban con bloques de
hielo, suministrados por La Compañía.
También brindaban servicio telefónico, que operaba desde centrales
regionales, utilizando conexiones manuales y unidades de pared y “manigueta”,
instaladas en oficinas, comercios y algunos hogares.
Como todos los teléfonos estaban en línea, para diferenciar a quien iba
dirigida cualquier llamada, empleaban un código de timbrazos distintivos,
siendo el de mi casa dos cortos y uno largo.
Ese servicio no ofrecía ninguna privacidad, porque todos los que estaban en
la misma línea podían escuchar las conversaciones de los demás; pero todo era
tolerable, debido a ser gratuito.
La gran ventaja era que teníamos la capacidad de comunicarnos con todo el
municipio, pues se habían instalado estaciones locales, y la red se extendía
hasta el más recóndito rincón, no solamente en los poblados, sino también en
las colonias cañeras, algunas bien adentradas el lo profundo de la campiña.
Siendo un islote en medio de una gran bahía, era de esperar que el subsuelo
no ofreciera agua idónea para el consumo humano.
Al no existir acueducto, o pozos artesanales con molinos de viento como en
Puerto Padre, y debido a que el agua que se encontraba a pocos pies de
profundidad era muy salobre, suministraban dos tipos; una muy pura para ingerir
y cocinar y otra destinada a las demás necesidades, arribando ambas por
ferrocarril en grandes tanques de acero.
La de uso común era distribuida por medio de un carretón tirado por una
mula, que transitaba por los angostos callejones que separaban los domicilios.
Cada vivienda contaba con dos grandes barriles de madera, ubicados al lado
de las cercas que las rodeaban, y para conveniencia de sus moradores, situados
lo mas cercanamente posible a ellas, para facilitar su posterior acarreo.
El encargado del carro del agua, como le llamábamos, colocaba una gruesa
manguera de goma dentro del tanque que llevaba su carreta, e introduciendo en
su boca la otra punta absorbía fuertemente hasta que el líquido brotaba por el
tubo y era transferida a los bidones.
Era la responsabilidad de cada uno de los habitantes del lugar el acarreo
de la potable, y se obtenía directamente de los carros tanques, que estacionaban
en una línea alejada del resto del transito ferrocarrilero.
Mi padre, quien durante toda su vida me inculcó la importancia de cumplir
con los deberes y obligaciones que debe mantener todo hombre de bien, ordenó la
construcción de una carretilla que acomodara dos grandes garrafones de cristal,
siéndome, como inicio de mi formación, encomendada la tarea de utilizarla para
buscar el precioso líquido, cada vez que fuera necesario.
El viaje de ida, con los recipientes vacíos, me era fácil completarlo
rápidamente y lo consideraba casi un juego.
El regreso, debido a mis cortos años, estatura y peso, era una labor
fuerte, viéndome en la necesidad de descansar varias veces antes de completar
cada faena.
Por supuesto, mi padre se encargaba de cargar los receptáculos al interior
de la casa, pues yo físicamente no podía.
Ese fue mi primer deber y obligación, y aunque no era remunerado monetariamente, cada vez que completaba una
de aquellas misiones, olvidándome del cansancio, me sentía extremadamente orgulloso
y satisfecho de haber podido contribuir con mi esfuerzo, al bienestar colectivo
de nuestro hogar.
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LOS JAMAIQUINOS
Pescando desde los muelles
Habitaba El Cayo
una amalgama étnica de empleados laborales, originarios de distintas islas
cercanas a Cuba.
Procedían de Barbados, Antigua, las
islas Caimán, Turcos, Caicos, las Bahamas e Islas Vírgenes, pero la mayoría
eran oriundos de Jamaica.
Los había, aunque en números menores de otras procedencias.
Para simplificar las cosas, todos los que hablaban el idioma Ingles eran
llamados Jamaiquinos, sin importar cual fuera su lugar de origen.
Constituían un núcleo monolíticamente unido, quizás debido a que en casi su
totalidad no dominaban el idioma español.
Aunque muy reservados eran educados, respetuosos y corteses.
Recuerdo con gran afecto a Ernest King, que había sido sargento del
ejército Ingles durante la primera guerra mundial, quien por heridas recibidas
en batalla cojeaba al caminar, llevando siempre prendidas en su camisa varias
condecoraciones otorgadas por el gobierno Inglés por su valentía en combate.
El señor King era un hombre altísimo, pero delgado.
Por el contrario, su homónimo Ernest Young era de estatura baja, a la vez
que fornido.
Ambos fueron grandes amigos, no solamente entre ellos, sino también de mi
padre y míos.
Los dos hablaban un español pasable, acentuado con el melodioso deje de los
habitantes de las indias occidentales.
Por mediación de los dos Ernests, que se convirtieron en mis guías y
mentores dentro de aquel mundo, cerrado para ajenos, conocí a los demás y
aunque siempre existió cierta dificultad con el idioma, pudimos entendernos y
hasta lograron enseñarme lo primordial del Ingles del Rey, como ellos lo
llamaban.
Aunque imperaba cierta dificultad cuando hablaban apresuradamente entre sí,
yo me las ingeniaba para intercambiar ideas y aprender su gran habilidad para
la pesca, que se sentían complacidos en transmitir a aquel chiquillo blanco que
no les temía como la mayoría de los otros niños del lugar, mostrándoles
agradecimiento por sus enseñanzas.
La pesca en los entornos era abundante y ellos, en sus ratos de ocio, la
efectuaban desde los muelles.
Mientras esperaban pacientemente para capturar sus presas, ingerían una
mezcla de lo que algunas personas consideran venenosa, ron antillano y
“guineos”, y nunca tuve conocimiento que ninguno se hubiera intoxicado o
enfermado con aquella inusual combinación.
Una de sus técnicas de pesca era extremadamente peculiar, porque en lugar
de los tradicionales avíos, confeccionaban, tallando huesos de animales, un
artefacto al cual le proporcionaban la configuración mas parecida a un
pececito, labrando su extremo en forma de un anzuelo convencional, que les
permitían no tener que utilizar carnada.
Los mencionados e inusuales señuelos eran atados primeramente a un trozo
corto de alambre, al que le agregaban lastre, y luego a un cordel de pita,
amarrado a una varita de bambú.
Al entronizar aquel insólito atuendo en el agua, comenzaban a moverlo con
un ritmo constante, de izquierda a derecha y viceversa, pero siempre con la
vista fija en el lugar donde quedaba sumergido.
Cuando un pez picaba lo que le había parecido una apetitosa presa, con un
súbito movimiento conseguían engancharlo, subiéndolo con presteza e
introduciéndolo en un balde que precavidamente tenían lleno de agua de mar,
para que no muriera pronto y poder llevarlo lo mas fresco posible a sus
moradas.
Esos hábiles pescadores suplementaban así las dietas de sus familias, pues
era tal su habilidad que no pasaba un día sin que atraparan lo suficiente para su sustento.
Mis amigos me instruyeron también en la táctica de confeccionar angoa, para
atraer los peces, cuando en el tiempo muerto estaban los muelles vacíos, sin
buques que arrojaran desperdicios de comida sobre sus bordas.
Otra de las habilidades que pude observar en ellos, era su forma
característica de capturar cangrejos.
Para hacerlos salir de sus cuevas vertían en ellas chorritos de agua dulce,
poniendo sobre las mismas, con el fondo hacia arriba, latas vacías de mediano
tamaño, sobre las cuales hacían con sus dedos un sonido que simulaba truenos.
Los crustáceos, creyendo que estaba lloviendo, salían de sus guaridas, en
cuyo instante eran atrapados y echados en un saco.
Las muelas de cangrejo moro son un delicioso manjar.
Una de sus especialidades culinarias era confeccionar empanadas, a las que
llamaban “patties”, las cuales saludablemente horneaban, en lugar de freírlas.
Algo deliciosamente inolvidable, que para mi deleite me brindaban cada vez
que las confeccionaban, eran las apetitosas sopas de cobo.
Su distintivo gusto nunca podrá borrarse de mi memoria, y aún las añoro,
ordenándolas cada vez que aparecen en el menú de cualquier restaurante que
visito.
Hasta ahora, aunque parecidas, no he encontrado ningún lugar, ni nadie en
particular, que sepa prepararlas con el mismo delicioso sabor que ellos le
proporcionaban.
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LOS MUELLES Y LA GUASA
La Guasa
A los muelles atracaban todo tipo de barcos, movidos por vapor de agua o
motores de petróleo; desde pequeños, dedicados al cabotaje, entre los cuales
recuerdo el Polar y el Tropical; medianos para travesías a puertos cercanos de
los Estados Unidos y Méjico; de carga y pasajeros como el Habana, así como los
de gran calado, que viajaban los siete mares, transportando los productos de
los centrales azucareros.
Los mayores eran enormes navíos que cargaban azúcar envasada en sacos de
yute de doscientas veinte libras de peso; y los buques cisternas, a los que
bombeaban dentro de sus inmensas entrañas la miel de purga.
Allí se encontraba la mayor, a la vez que la mas sofisticada y moderna de
todas las instalaciones de bombeo de ese tipo.
Dichos atracaderos estaban capacitados para albergar cualquier embarcación,
pues aquella parte de la bahía tenía la profundidad suficiente para acomodarlas
sin importar cual fuera su tamaño.
A un lado de los muelles había un sitio muy profundo, en forma de “veril”,
cerrado por una muralla rocosa. Se
decía que ese lugar se encontraba habitado por una enorme Guasa, con una
descomunal boca, la cual se suponía había quedado atrapada al crecer en ese
cercado recinto.
En honor a la verdad nunca tuve la oportunidad de verla, porque mi madre me
había prohibido terminantemente acercarme donde supuestamente vivía el
monstruo.
Según una leyenda local, que nunca escuche refutar, el infeliz que tuviera
la mala suerte de caer donde ella moraba, terminaría su existencia dentro de su
buche, pues en una ocasión se había tragado una persona de un solo bocado.
Igual que todo el resto de los habitantes, yo le tenía un gran respeto al
lugar.
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LAS LANCHITAS
Lanchita de pasajeros
Existían en Puerto Padre dos pequeñas empresas de transporte marítimo que
prestaban servicios hacia y desde Cayo y la Playa de La Boca, la más hermosa
del mundo.
Los propietarios de las mismas eran dos señores nombrados Juan Mora y
Enrique Roque.
Constaban ambas con lanchitas que movían pasajeros entre esos puntos,
cubriendo una necesidad imprescindible a un precio módico.
Aunque sus asientos no eran muy confortables por ser de madera, sin ningún
acolchonamiento, tenían suficiente capacidad para transportar múltiples
pasajeros.
Partían en Puerto Padre desde dos lugares distintos.
Las de Juan Mora desde un muellecito que llevaba su nombre, situado entre
el Boquerón y el manantial de agua dulce que brota dentro del mar.
Las de Enrique Roque desde el muelle principal del pueblo, que tenía
adjunto un pequeño atracadero para botes menores, con un adyacente pontón
flotante que se ajustaba a la altura de la marea para mayor facilidad de
embarque.
Las dos contaban con respectivas facilidades en sus puntos de destino.
Debido a que nuestras familias vivían en Puerto Padre y nosotros en El
Cayo, nos transportábamos en esos barquitos asiduamente, así como movíamos en
ellos las facturas mensuales que adquiríamos en la tienda de víveres propiedad
de Carlos Jesús Llerena en Puerto Padre.
Fueron en su época modelo de eficiencia y seguridad, no recordando que
hubiera ocurrido ningún accidente.
Los viajes en que nos servimos de ellas fueron más que travesías
necesarias, aventuras placenteras.
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PIRULÍ
Pirulí
Para Rafael De la Rosa, un tío paterno, yo era, o por lo menos me
consideraba, su sobrino predilecto.
Era familiar, afable, alegre, parrandero y mujeriego, además de ser muy
elocuente y con mucha imaginación.
Tenía una habilidad única para ponerle nombres peculiares a sus animales,
ejemplo de ello era que tuvo un caballo al que llamó Parranda y en cierta
ocasión me regalo un “pineo” al que por sus cortas piernas, había nombrado Pata
de Palo.
Mi tío era muy aficionado a los gallos de lidia, los cuales criaba,
compraba, mejoraba, vendía, entrenaba y al apostar a ellos percibía ganancias
adicionales.
Su favorito fue un pinto, quien por ser extremadamente fiero y hábil, le
había proporcionado fuertes sumas de dinero.
Un domingo de peleas, Pirulí, que así lo había nombrado con su habitual
gracejo, aunque mató su contrincante, quedó tuerto.
Tío Rafael no volvió a pelearlo para evitar que lo mataran en desventaja.
Me lo ofreció como regalo, probablemente con la intención de aficionarme a
su deporte favorito.
Al entregármelo me encomendó que lo cuidara hasta su muerte natural, pero
manteniéndolo en forma, advirtiéndome tener sumo cuidado, porque era tan fiero
y hábil que aunque tuerto, estaba seguro que mandaría al otro mundo a cualquier
contendiente que se le enfrentara.
Papa, por su parte, me construyó en el patio una pequeña vallita, así como
una jaula techada para el pinto.
Me enseño como tuzarlo, alimentarlo y hasta como colocarles las espuelas de
pelea.
Para mi Pirulí era lo que un perro faldero para otros niños.
Amarrándole un cordel a una pata y la otra punta a uno de mis tobillos, lo
hacía correr conmigo por todo el patio, manteniéndolo en forma, a la vez que
forzándolo a estar a mi lado el mayor tiempo posible.
El hijo mayor del dueño de la fonda era uno de mis amigos y compañero de
juegos.
Su padre había adquirido un pollo de pelea, por el cual había pagado una
respetable suma de dinero, pues venia de la gallería de Pepe Villegas, una de
las mas afamadas de Cuba y por lo tanto era de muy buena casta.
Un día mi amiguito se apareció en mi casa para mostrarme el gallo que era
el orgullo de su padre.
Como la mayoría de los niños, cada uno de nosotros ensalzó la habilidad y
fiereza de nuestros respectivos animales y para probar nuestras aseveraciones
decidimos “toparlos”.
Debido a mi poca experiencia, Pirulí quedo de su lado tuerto y no pudiendo
ver de donde procedía el picotazo recibió una herida en la cabeza.
Inmediatamente mi compañerito me dijo: -“Como acabas de ver, ha quedado probado que el pollo de mi padre es
mejor que el tuyo y si los echamos a pelear, el tuerto va a perder
miserablemente”.
Esa fue una costosa equivocación del hijo del fondero, pues, para salvar
tanto el honor de Pirulí como el mío, lo reté a someterlos a una prueba en
combate.
Les pusimos los correspondientes espolones y los topamos de nuevo,
soltándolos finalmente en la pequeña vallita.
La lidia duro solamente unos segundos, pues al primer revuelo Pirulí dejo
muerto a su contrincante.
Estupefactos por lo corto y fulminante de la pelea, cuando miré a mi
compañerito de juegos, por primera vez contemplé un enorme pánico reflejado en
el rostro de otro ser humano.
Gritos angustiosos emanaron de su garganta, cuando, pávido de terror
exclamó: ¡Ay, mi madre!, ¿Qué hago
ahora? ; mi padre, si no me fríe en
aceite por lo menos me introduce en una cazuela de agua hirviendo hasta que
suelte la piel y después me da una paliza hasta gastar su grueso cinto de
cuero.
Tienes que ayudarme. Yo no puedo regresar a mi casa y contar lo sucedido
porque no quiero morir tan joven.
Decidimos que para salvar la situación tenía que desaparecer el cuerpo del
delito, introduciendo el plumífero muerto en un saco, junto a un pesado hierro.
Nos dirigimos al mar por la parte menos transitada de la barriada,
echándolo al agua en el lugar mas profundo que conocíamos.
Por suerte nadie nos vio y allí mismo juramos que negaríamos hasta la
muerte lo sucedido, sin importar la presión a que pudieran someternos nuestros
padres.
Mi amiguito negaría que hubiese llevado el pollón a mi casa y yo por mi
parte juraría que eso era cierto y que nos habíamos pasado la tarde jugando a
la pelota.
Cuando, al caer la noche el fondero fue a revisar el lugar donde guardaba
el animal que era su orgullo, y no lo encontró, muy disgustado comenzó a
indagar si alguien sabía quien podía habérselo llevado.
Cuestionó a su hijo, quien, por supuesto, se aferró a la historia que
habíamos elucubrado, negando estar vinculado o tener conocimiento de la
desaparición, poniéndome a mí como testigo.
Yo, por mi parte corroboré su historia, librándolo de toda sospecha.
El fondero llamó a la Guardia Jurada de La Compañía, encargada de la
seguridad del lugar, y a todos sus conocidos para conducir una búsqueda tendiente a encontrar su costoso
animal.
Se mencionaron nombres de sospechosos del supuesto robo, pero como ninguno
de ellos había cometido el delito, todos los acusados pudieron comprobar su
inocencia.
Hasta hoy, que escribo estas líneas no se ha disipado el enigmático
misterio de la desaparición, y cuento ahora esta historia con la tranquilidad
de que, después de tanto tiempo, ni mi cómplice de aquella inocente fechoría,
ni yo, vamos a ser castigados.
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EL ANCIANO Y EL MAR
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Pescadores observando el botecito del anciano
Un conocido libro, titulado El Viejo y el Mar es una de las obras maestras
del laureado escritor Ernest Hemingway.
En la vida real pude presenciar un acontecimiento que, aunque su trama
tenía cierta similitud con esa novela, no conllevaba con exactitud todos sus
componentes.
Para marcar la diferencia entre ambas, he titulado este capítulo con un
nombre que, aunque tiene cierto parecido, es sutilmente distinto.
Una tarde del tiempo muerto, la época cuando no se efectuaban embarques, me
encontraba pescando desde uno de los muelles.
El mar estaba apacible y una suave, pero persistente brisa. hacia hasta
cierto punto soportable el intenso calor.
Flotaban en la bahía varios barquitos de pescadores, entre ellos el de un
señor de avanzada edad, quien acostumbraba buscarse el diario sustento
acompañado de su nieto, quien era más o menos de mi edad.
De pronto hubo una enorme conmoción; los pescadores se agrupaban en la
punta del muelle, llamando a los que se encontraban lejos.
Cuando miré hacia la bahía observé que el botecito del anciano navegaba a
una velocidad vertiginosa, como si fuera una lancha de carreras.
El veterano lobo de mar iba en la proa, vigilando atentamente lo que
tratara de hacer el enorme tiburón que había quedado enganchado en uno de sus
avíos.
Con una hachuela en una mano, no quitaba los ojos del agua, para que
si el pez intentaba bajar súbitamente a
las profundidades, cortar el cordel, evitando que arrastrara consigo su bote y
zozobraran.
El barquichuelo dio infinidad de vueltas por la bahía, pero por suerte para
ellos el escualo no se sumergió
Algún tiempo después, que pareció más largo de lo que en realidad fue, el
tiburón finalmente se cansó y el hábil pescador lo arrimó a la borda, matándolo
a palos.
Cuando lo llevaron a tierra lo ataron por la cola, izándolo cabeza abajo a
un alto poste del alumbrado público.
Era tal su tamaño que su extremo posterior tocaba la parte alta del empinado madero, mientras su nariz rozaba la tierra
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EL CAMPEÓN
Guantes de boxeo
Nació en El Cayo un hijo de Juan Herrera, un estibador cubano de color,
casado con una Jamaiquina, al que pusieron por nombre John, quien años más
tarde fue conocido en el mundo de los deportes como Johnny Herrera.
Desde muy pequeño se aficionó al pugilismo, llegando a ser campeón nacional
en una de sus divisiones.
Mi abuelo paterno, Don Nicolás De La Rosa, nacido en Santoña, España,
periodista y poeta, fue telegrafista en Bayamo, Monumento Nacional, donde por
ser masón del supremo grado filosófico treinta y tres, y miembro de la
congregación de Los Iluninados, era íntimo amigo de los Céspedes, hermanos de
logia y cofradía, a los cuales, se unió cuando lanzaron el grito de Independencia.
El españolito, como cariñosamente le llamaban sus amigos, llegó a ganarse
los grados de Coronel en el Ejército Libertador de Cuba.
Como combatió en las tres guerras patrias, tenía el derecho a ser elegido
Presidente de la República, aún siendo extranjero de nacimiento, privilegio
otorgado por la Constitución de la República.
Debido a complicaciones causadas por heridas recibidas en combate, murió
corto tiempo después de ganada la independencia, dejando a Papá huérfano a la
temprana edad de siete años, encargándose de su formación su hermana Rosa, la
mayor de ocho hijos, la cual nunca se casó por dedicarse a sacar adelante todos
sus hermanos menores.
Como mi tía era extremadamente austera y celosa del bienestar de la prole a
su cuidado, el progenitor de mis días, que era el menor, para poder boxear
semi-profesionalmente sin que su hermana se enterara y lo impidiera, lo hacía
bajo el pseudónimo de “Kid Richard”.
De ahí viene el nombre por el cual he sido conocido desde mi nacimiento,
porque no gustándole el diminutivo de Ricardito, siempre me llamó Richard.
No se como, pero cuando Johnny se enteró de esa historia, le pidió ayuda al
“Kid”, para poder desarrollar sus habilidades en el ring.
El aspirante a boxeador fue acogido con beneplácito bajo la tutela del
ex-pugilista, quien le enseñó lo fundamental del deporte, y le transmitió todas
sus experiencias, adquiridas durante sus incursiones en el cuadrilátero.
Parte de su entrenamiento de fortalecimiento era remar alrededor de El
Cayo, en un pequeño botecito, al que tenía que cargar sobre el pedraplén para
poder completar la circunvalación.
Como en El Cayo no tenía ningún porvenir pugilístico, decidió trasladarse a
La Habana, donde le serían factibles grandes oportunidades, bajo la dirección
de experimentados entrenadores y managers profesionales.
Pasaron años de dura preparación y acondicionamiento, pero bajo los
auspicios de sus nuevos manejadores, añadiéndole su fortaleza, dedicación,
persistencia y habilidad natural, fue escalando lenta, pero consistentemente,
los peldaños de ese deporte.
Ganó casi todos sus encuentros profesionales en las tres divisiones en que
peleó, según fue aumentando de peso y estatura, llegando a coronarse campeón
semipesado de Cuba, título que mantuvo por varios años.
Siendo aún campeón, realizó un viaje a Jamaica, porque sentía necesidad de
conocer sus abuelos maternos.
En Kingston no tuvo problemas para comunicarse, pues su madre no solo le
había enseñado el idioma inglés, sino también la jerga popular que allí se
habla.
Decidió residir permanentemente en ese lugar, cuando conoció una bella
jamaiquina, de la cual se enamoró perdidamente, contrayendo nupcias y retirándose definitivamente del boxeo.
Johnny ganó en lo adelante su diario sustento, ejerciendo en su país
adoptivo la profesión de maestro de educación física, a la vez que entrenó y
transmitió sus amplios conocimientos y experiencias en el “arte de fistiana”, a
muchas generaciones de Jamaiquinos.
Vivió felizmente el resto de sus días en esa isla del mar caribe, dejando
como legado una descendencia que lleva con orgullo el apellido Herrera.
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EL DEPORTE NACIONAL
Aspirante a Pelotero
En aquel lugar, ni en ninguno de los pueblos cercanos, existían comercios
dedicados a la venta de artículos deportivos, por lo cual eran difíciles de
obtener.
Estarían asimismo esos costosos renglones fuera del alcance económico de la
mayoría de los moradores de El Cayo.
El cubano siempre agudizó su inventiva para suplir sus carencias con lo que
tenía a mano.
Las pelotas eran confeccionadas enrollando pita de pescar, hilos o cordeles
y cubiertos con “tape“ o “esparadrapo”, según los materiales que pudieran conseguir.
Utilizando pedazos de los toldos que protegían los sacos de azúcar y eran
desechados cuando estaban rotos, construían guantes en forma de mascotines, que
servían para cubrir cualquiera posición; no solamente la primera base.
Yo era el feliz propietario de uno de ellos.
Existía un terreno habilitado para jugar béisbol, pero los adultos lo
tenían acaparado y no nos permitían utilizarlo.
Ante la frustración que eso nos causaba, con la ayuda de la maestra del
colegio público, le escribimos una carta en inglés al administrador general de
La Compañía, que era prácticamente dueña de todo, exponiéndole el deseo que
teníamos de practicar el deporte, así como la razón por la cual no podíamos
hacerlo.
Sin excepción, todos los niños aficionados al béisbol la firmamos.
El mencionado ejecutivo, en una decisión salomónica, decreto otorgarnos a
los pequeños el derecho de practicar un
día a la semana; los miércoles después de terminadas las clases y jugar los
sábados por la mañana de ocho a once antes meridiano, dejándole a los mayores a
su entera disposición, todo el resto del tiempo.
Nos dividimos en dos equipos y efectuamos prácticas y encuentros
creyéndonos consumados jugadores.
Siempre que los elementos no lo impidieran, no dejamos de hacerlo, durante
los días y horas que nos habían asignado.
El primer juego lo disfrutamos a plenitud, porque ese día marcó nuestra
iniciación como peloteros pertenecientes a equipos organizados.
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EL CINE
Proyector portátil
Como antes
mencioné, las diversiones en El Cayo eran escasas, sobre todo para los que no
tuvieran la dicha de poder frecuentar el Club Náutico.
Una de las privaciones era que, no existiendo cine ni teatro, para asistir
a una función había que trasladarse a Puerto Padre, lo cual resultaba, además
de incómodo, demasiado costoso para la economía de la mayoría.
No sé de quien, ni como surgió la idea, probablemente de un ejecutivo de La
Compañía, que nunca escatimaba esfuerzos para proveer a los habitantes de
nuestra islita todas las amenidades que hicieran nuestras vidas lo mas
placenteras posible.
Un buen día llegó la agradable noticia de que iban a presentar una función
cinematográfica gratuita, al aire libre, en la explanada del campo de béisbol.
Instalaron una elevada pantalla, proyector y altoparlantes portátiles.
Notificaron que cada persona sería responsable de traer una silla o
banquito donde sentarse.
La función comenzó, como es natural, ya entrada la noche, con un noticiero, muñequitos para los
menores y un film norteamericano, cuya trama eran las fantásticas aventuras de
un niño muy travieso y audaz.
La cinta estaba protagonizada por un personaje infantil, muy popular en
aquel tiempo llamado Slokum.
La película, hablada en Ingles, tenía títulos en español, en el borde
inferior de la pantalla.
Como utilizaban un solo proyector, teníamos un tiempo de espera al terminar
cada uno de los múltiples rollos, mientras instalaban el siguiente.
Los asistentes aprovecharon esos lapsos, para tornar la ocasión en un
evento socio-amistoso, con los consabidos intercambios de opiniones,
discusiones de política y deportes, y por supuesto los inevitables chismes
pueblerinos
No todas las semanas teníamos la suerte que ofrecieran programas de esa
índole, pero durante el tiempo que residí en El Cayo, ese evento tuvo lugar
en varias ocasiones.
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LOS BARRACONES
Barracón
Los empleados laborales vivían gratuitamente en
largas construcciones de madera llamadas barracones.
Aunque eran habitados por algunos soleteros, habían también muchas
familias, la mayoría con hijos, por lo cual, para la privacidad de las mismas
les habían adicionado paredes divisorias.
Dentro de cada cubículo existía una conexión eléctrica, por la cual pagaban
solamente un peso mensual, sin límite de consumo.
Constaba dicha instalación de un cable único que colgaba del techo, con un
bombillo incandescente en su final.
Hubo dificultades, pues los usuarios tenían otras necesidades, como
planchas y radios, por lo cual hubo algunos que manufacturaron líneas ilícitas
adicionales, susceptibles a generar corto circuitos y por ende incendios.
La Compañía les ofrecía proveerles cables auxiliares, instalados por
electricistas expertos, seguros contra fuegos, pero cargándoles mensualmente un
peso extra por cada uno, lo cual constituía un gravamen para sus magras
economías.
Si detectaban algo ilegal, los infractores perdían el derecho a esa
prestación y eran desconectados radicalmente.
Siguiendo los consejos de Papá, pudieron solucionar ese problema en la
forma siguiente: Utilizando
exclusivamente el cable legal, les
adicionaron a la rosca donde se encontraba el bombillo, un utensilio, adquirido
a bajo costo en el Departamento Comercial, el cual contaba con cuatro tomas en
sus lados, que les permitían conectar sus deseados enseres. Tenía además, en su extremo inferior,
otra conexión, con su correspondiente
interruptor, apta para reinstalar la bujía.
Las familias que habitaban los barracones, muchas con prole, vivían
hacinadas en aquellos cubículos que, aunque moderadamente amplios carecían de
la privacidad adecuada.
Para tener cierta intimidad a la hora de dormir, se veían en la necesidad
de colgar sábanas a modo de divisiones.
Nunca observé dentro del grupo de los jamaiquinos a los llamados
Rastafarians, con sus pelos alborotados y gorras descomunales.
Tenían mis amigos un modo ejemplar de vida y comportamiento, no recordando
haber presenciado problemas o peleas.
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EL QUESO Y LA RASPADURA
“El Queso” "La Raspadura”
Mi hermano
menor, Rafael era seis años y medio menor que yo, muy albo de tez y con cabellos
de un rubio tan claro que lucían casi blancos.
Habitaba en uno de los barracones Jane, una adolescente de origen
jamaiquino.
Era de piel extremadamente obscura, al igual que la mayoría de los miembros
de esa etnia.
Cada día, terminadas las clases, camino a su casa, la jamaiquinita visitaba
la nuestra, tomándole un gran apego a mi hermanito.
Constantemente le pedía permiso a mi madre para sacarlo a pasear,
llevándolo enhorquetado en una de sus caderas por todo el vecindario.
Mis padres comenzaron a preocuparse cuando mi hermano, que ya tenía edad
para pronunciar muchas palabras, se expresaba por medio de lo que, para
nosotros, semejaba un enigmático y extraño lenguaje, imposible de descifrar.
En una ocasión los observé notoriamente desconcertados, debido a la gran
tribulación que les causaba no poder discernir lo que constante e
insistentemente les estaba solicitando.
Acercándome a mi hermanito puse gran atención a lo que decía, y después de escucharlo repetidas veces, caí
en cuenta que lo que continuamente repetía era la palabra inglesa “water”.
Temía sed y quería agua, pero la
estaba pidiendo en Ingles.
Entonces comprendimos que trataba de expresarse no en español, ni tampoco
balbuceaba en jerigonza, sino que, por la constante compañía de Jane, había
comenzado a pronunciar palabras en el léxico de los jamaiquinos, inclusive con
su melodioso deje.
La constante compañía de la adolescente y Rafaelito, les proporcionó un
peculiar sobrenombre por el que eran conocidos en El Cayo.
Como eran inseparables y se hacía exageradamente notorio el gran contraste
de sus pieles y cabellera, les llamaban “El Queso y La Raspadura”
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EL MONTE DE CLAVO Y CANELA
“Diente de Perro”
Lo nombraron el monte “de clavo y canela”, debido al tipo de vegetación
silvestre que mayoritariamente crecía en él.
No era verdaderamente un monte, mejor podrían haberlo llamado “la
explanada”, debido a que, aparte de la flora que le daba su nombre, estaba
compuesto por esporádicos grupos de tupidos matojos y unas pocas plantas de
menor tamaño.
Se encontraba situado al fondo de las casas y chalets que por el oeste,
daban a la calle principal.
El Monte era el sitio favorito de toda la muchachada para correr, retozar y
jugar.
Todas las tardes, después de bañarnos, pasábamos el tiempo en ese lugar,
hasta que nuestras madres nos conminaban a regresar a nuestros hogares para la
cena.
El juego favorito era el de los piratas, para el cual nos dividiéndonos en
dos bandos.
La regla primordial consistía en que siempre tenían que ganar “los buenos”,
que hacían prisioneros a los corsarios que después de fieras batallas quedaran
con vida, cuyos combates eran librados utilizando espadas de madera, deshechos
de palos de escoba, o cualquier trozo de tubería.
Por supuesto, nadie quería pertenecer al bando de los filibusteros, de tal
modo que teníamos que echarlo a la suerte, siendo éste el único método para
lograr que algunos lo acataran.
Los “malos” eran siempre, por la aversión a serlo, un número reducido y
sabían de antemano que no existía para ellos la más ligera posibilidad de
triunfo.
Una tarde hicimos prisionero al bucanero más temido de todos, al que, sin
importar quien hubiera tenido la desdicha de desempeñar su papel, llamábamos
Diente de Perro.
En esa aciaga ocasión le tocó a Jorgito, uno de los más jóvenes, la mala
suerte de representarlo, y cuando cayó prisionero ya se acercaba la hora de la
cena.
Lo habíamos atado y amordazado a un pequeño arbusto dentro de un espeso
matojo, fuera de la vista de sus secuaces, para evitar que estos lo localizaran
y trataran de rescatarlo, apartándonos algunos pasos del lugar donde se
encontraba, para que no pudiera escuchar nuestras deliberaciones de como íbamos a ajusticiarlo.
Mientras decidíamos como hacerlo, fuimos conminados a regresar a nuestras
respectivas casas porque ya era la hora de la comida.
La mayoría de las madres llamaban a sus hijos a gritos, pero la mía no
consideraba educado vociferar, por lo cual mi padre era el encargado de hacerlo
y lo efectuaba por medio de un silbido peculiar, que si fuera posible escribir
su onomatopeya sonaría como: “Fuiiii…..Fiuuuu...... “Fuiiiii......Fiuuuuu....”
Cuando yo escuchaba ese sonido, regresaba a mi hogar, como lo hacían los
demás, prestamente y sin dilación.
En el apresuramiento se nos olvido liberar a Diente de Perro, que quedó
oculto, atado y amordazado.
Cuando Jorgito no regresó a su casa, después de muchos gritos, cada vez más
angustiosos, la progenitora de sus días acudió a sus vecinos, solicitando
ayuda.
Eso desató una reacción inmediata y general, decidiéndose que había que
efectuar una búsqueda sin mas dilación.
En ese instante comenzaron las especulaciones.
Alguien dijo que quizás se había montado en un botecito y la fuerte
corriente lo habría llevado a la deriva.
Un señor de avanzada edad sugirió que a lo mejor se había caído al mar
desde algún muelle y se había ahogado.
La maestra sospechaba de la enorme y temible Guasa.
Otra persona supuso que tal vez un brujo haitiano lo había secuestrado para
arrancarle el corazón o hacerlo un Zombi.
Hubo infinidad de teorías acerca de lo que pudiera haber acaecido.
Después de algún tiempo de infructuosa pesquisa, se inició una búsqueda mas
organizada y tenaz, porque un gran pavor ya se había extendido por todo el
vecindario.
Como medida de precaución, a los
niños nos habían encerrado en nuestras casas, obligados a acostarnos, sin
importar que aún era muy temprano, ni darnos explicaciones o contestar nuestras
preguntas de por que razón lo hacían.
A nadie se le ocurrió preguntarnos si sabíamos la suerte de Jorgito, lo
cual hubiera evitado, no solamente el
prolongado sufrimiento de la madre, el terror en el bario y las angustias del
muchacho, sino también la gran e inútil búsqueda que se efectuó.
Cuando al fin lo
encontraron, casi al filo de la media noche, el pobre chiquillo estaba
embolsado, tembloroso, hambriento, anegado en lágrimas y casi muerto de miedo.
Ignoro si Jorgito habrá podido recuperarse mentalmente de ese incidente, o
quedó traumatizado el resto de su vida.
Lo que más nos
dolió fue, que después de ese episodio, nos impusieron como castigo no
permitirnos volver a jugar a los Piratas.
Muy a nuestro pesar, Diente de Perro y todos los bucaneros, corsarios,
filibusteros y demás aventureros desaparecieron para siempre de nuestras vidas.
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EL CICLÓN DEL ’32
Huracán y su “Ojo”
Uno de los
huracanes más mortíferos que azotó Cuba irrumpió por la ciudad de Santa Cruz
del Sur, provincia de Camagüey, en Noviembre del año 1932.
El fenómeno atmosférico atravesó perpendicularmente nuestra nación,
egresando por la zona de Puerto Padre.
En aquella
época, un sabio cura Jesuita, el Padre Mariano Gutiérrez Lanza fungía como
director del observatorio del Colegio de Belén, en La Habana.
Contando solamente con los escasos recursos de la meteorología de entonces,
no solamente vaticinó la inminencia del ciclón y su rumbo exacto, sino también
predijo que iría acompañado por un ras
de mar.
Casi nadie le prestó la debida atención a sus eruditos consejos, por lo
cual, la desafortunada población del mencionado pueblo pereció casi por
completo, salvándose contadas personas.
Según datos de la época, el maremoto, que alcanzó seis metros de altura
causó 3,303 muertes, obliterando dicha ciudad, que tuvo que ser reconstruida
algún tiempo después, a dos kilómetros de su lugar original.
Al salir de Cuba, por nuestra zona, nos impactó con gran intensidad.
Fuimos afortunados, por que el vendaval, llevando una trayectoria de
sur a norte, y entrando por ende desde tierra, no permitió que el mar nos
devastara.
Teníamos la certeza de que una vez que los fuertes vientos comenzaran, no
sería factible evacuar por ferrocarril, porque el pedraplén quedaría a merced
de los elementos.
Conocíamos asimismo que una retirada por mar constituiría prácticamente un
suicidio, pues bien es conocido cuan peligroso es navegar en una bahía tan
grande como la nuestra durante un huracán.
Mi padre, que en
su juventud vivió algún tiempo en Pinar del Rió, provincia donde era mas
frecuente el azote de los ciclones, adquirió allí grandes conocimientos acerca
de los mismos.
Como sus deberes al frente de la Aduana no le permitían abandonar su sitio
de trabajo, le sugirió a mi madre que ella y yo (mi hermano aún no había
nacido) nos trasladáramos, mientras la calma que precede a esos fenómenos
atmosféricos lo permitiera, a Puerto Padre, a la residencia de mi abuela
materna, doña Anita Montes de Oca viuda de Machado; pero mamá hizo valer su criterio de que la familia, en tiempos
buenos o malos, tenía que mantenerse unida y por ninguna razón se marcharía.
Papá sabía que nuestra casa era fuerte y resistiría, dándose a la tarea
de prepararla para juntos, afrontar el embate de los terribles vientos.
Cuando se cercioró que primero seríamos azotados por el frente, aseguro
puertas y ventanas, clavando maderas por fuera, dejando abiertas algunas de la
parte posterior, para que si el vendaval rompiera y penetrara por la fachada, saliera
por el fondo, evitando así que al no encontrar otra ruta, arrancara el techo.
Los animales de corral que teníamos en el patio fueron resguardados bajo la
casa, donde usualmente pernoctaban, protegidos por un cercado de alambre
cuadriculado, que fue reforzado con tablas.
Una vez terminada la preparación preventiva, encendió su radio Philco de
onda corta, larga y ultra-corta, para que antes que faltara el fluido
eléctrico, escuchar la mayor cantidad posible de informaciones y noticias sobre
lo que sucedía en el resto del país.
La mayoría de los habitantes, temerosos del huracán, abandonaros sus casas
y barracones, buscando refugio en los grandes almacenes de azúcar, que
consideraron mas seguros por su recia construcción.
Los vecinos que
vivían al frente de nuestra casa, la maestra y su esposo, llamado Enriquito
Julve, de oficio hojalatero, (quien evidentemente perdió parte de su rala
cabellera en su travesía desde su Puerto Padre natal, donde le apodaban “cinco
pelos” y al llegar a El Cayo fue rebautizado “cuatro pelos”), decidieron
guarecerse en nuestro hogar, debido a la seguridad que les brindaban la
experiencia y conocimientos de mi padre.
La tormenta irrumpió con gran poder, derribando a su paso tendidos
eléctricos y telefónicos, lo cual nos dejó incomunicados y sin fluido
eléctrico, así como dañando parte del pedraplén; pero por suerte, causando muy
pocas averías a las edificaciones.
Tal fue la intensidad de los vientos, que al sacar mi mano por una de las
ventanas que fueron dejadas abiertas en el fondo de la casa, descubrí que al
probar el agua que la había mojado, ésta no era solamente de lluvia, sino que
se había mezclado con la salada del mar.
Al cabo de algún tiempo, arribó una calma absoluta.
Cuatro pelos, al notarlo, le dijo a mi padre con incontrolable júbilo, que
ya era hora de regresar a su hogar, porque el peligro había terminado, a lo
cual Papá le replicó que estaba
rotundamente equivocado, que esa tranquilidad era simplemente el ojo del ciclón
y teníamos que prepararnos nuevamente,
pues dentro de corto tiempo comenzaría a azotarnos por el lado opuesto.
Desclavó las maderas con que había afianzado el frente, dejando abierta
algunas ventanas y aseguró el fondo como lo había hecho anteriormente con la
fachada.
Buscó dos grandes aves de donde previamente las había guarecido, dándole
instrucciones a nuestra cocinera, que hiciera con ellas sopa y arroz con pollo,
adicionándoles tostones y ensalada.
Cuando la fuerza
de los elementos comenzaron a hostigarnos de nuevo, por el lado que había
vaticinado, nos sentamos a la mesa, bajo la luz de lámparas de petróleo, a
ingerir nuestros alimentos.
Pasado algún tiempo, que pareció más largo de lo que realmente fue, los
fuertes vientos concluyeron su fuerza destructiva y al fin vino la calma definitiva.
Al saber que el peligro había terminado, alumbrado por un farol que yo sostenía, Papá desclavó la parte posterior y se sintió aliviado al
comprobar que no había ningún daño de consideración en nuestra vivienda.
Los Julve se marcharon a su casa y los vecinos, que pasaron el huracán en
los almacenes de azúcar regresaron a sus hogares, cansados y hambrientos,
porque en sus refugios no tuvieron víveres, ni las facilidades necesarias para
cocinar o descansar cómodamente.
Puedo asegurar que a quienes les fue mejor durante ese terrible episodio, fuimos nosotros.
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LA BOLA DE FUEGO

El meteorito
Una tranquila noche nos encontrábamos acomodados en holgados sillones en el
portal de nuestra casa, escuchando a través del radio un programa musical.
Disfrutábamos de la placidez de una velada en familia, aliviados del calor
y protegidos de la molestia de los mosquitos por un potente ventilador de pié,
que se había instalado con ese propósito.
Mi madre, profesora y escritora, era también graduada de piano y música,
alumna predilecta de la insigne maestra Umbelina Ochoa, natural de Holguín.
No perdiendo nunca la oportunidad de proveerme educación adicional, me
hablaba de la conveniencia de adquirir una cultura completa, incluidas todas
las artes, pero teniendo sumo cuidado de no menospreciar la musical, que según
ella, algunas personas ilustradas marginaban inadvertidamente.
Me hacía relatos y comentarios sobre las obras de los grandes compositores
de todos los tiempos, los clásicos Bethoven, Bach, Mozart, Tchaikowsky, Chopín,
etc., y varios de los semi-clásicos, concluyendo con los de música popular, que
según ella, muchos de sus autores
estaban dotados de gran talento, cuyos méritos no se debían menoscabar por el
solo hecho de no ser música selecta.
Entre sus favoritos se encontraban Miguel Matamoros, Sindo Garay y Rosendo
Ruiz, pero el de su predilección era Manuel Corona, quien ella admiraba, porque
las letras de sus canciones eran portadoras de hermosos poemas, siendo sus
composiciones favoritas Longina y Santa Cecilia.
Durante reuniones de familiares y amigos, o funciones benéficas, muy
acostumbradas y populares en aquellos tiempos, ella interpretaba al piano
números de los mencionados autores, acompañando a Papá, que los cantaba con una bella voz, magnífica entonación y
armoniosa melodía.
La apacibilidad de aquella placentera noche, fue interrumpida abruptamente,
cuando un bólido, de un resplandeciente color escarlata, cruzó a muy baja
altura, en forma perpendicular, sobre nuestros hogares.
Cuando segundos mas tarde hizo contacto con la bahía, además de causar un
gran estruendo, elevó un enorme surtidor de vapor.
Debido a mis cortos años me asuste, corriendo a refugiarme en los brazos de
mis padres, temiendo que sin duda alguna, mi vida iba a concluir abruptamente.
Algunos vecinos, aterrorizados por aquel inusual y para ellos desconocido
fenómeno, comenzaron a elevar plegarias, pidiéndole a Dios y cuanto Santo
conocían, por la salvación de sus almas, pensando que había llegado el fin del
mundo, y era hora de rendirle cuentas al Sumo Creador.
En realidad, se trataba sencillamente de un pequeño meteorito, que al
penetrar la atmósfera a enorme velocidad, el roce contra la misma lo había
tornado en una bola de fuego.
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EL MACHADATO
Gerardo
Machado rodeado por sus “Guatacas”
(Caricatura de
la época)
Gerardo Machado y Morales, fue un excelente presidente de la Republica
desde el 20 de Mayo de 1925, durante sus primeros tres años de gobierno,
realizando numerosas obras públicas y mejorando la economía y producción
agrícola e industrial del País.
Su nombre pudo haber quedado grabado en los anales de la historia como el
mejor Presidente de todos los tiempos, echando por la borda esa oportunidad,
cuando, en 1928, por medio de una Asamblea Constituyente, que modificó el
Código Electoral, sé “auto-reeligió” por seis años más, mediante lo que se
conoció como “la prórroga de poderes”.
Como era natural, la mayoría del pueblo se opuso rotundamente a esa
inconstitucional maniobra.
Los políticos, liderados por el Partido Conservador, eternos rivales de los
gobernantes Liberales, así como los estudiantes fueron los primeros en
revelarse contra la recién formada dictadura, que pronto se convirtió en
sanguinaria.
Fueron tiempos extremadamente turbulentos.
Un grupo de patrióticos e idealistas ciudadanos fundó una sociedad elitista
y secreta, organizada en células, para que sus miembros no fueran detectados
fácilmente.
Para evitar posibles delaciones bajo tortura, solo se conocían entre sí las
diez personas que constituían cada núcleo y el jefe de cada uno de ellos podía
identificar solamente al miembro principal del grupo inferior y así
sucesivamente.
Esa organización se llamó el ABC, a
la que se unió mi padre, en su afán de combatir la tiranía, Por haber sido su primer miembro y
organizador en Puerto Padre, le fue otorgada la clasificación de
“A-1”, la posición más alta e
importante en nuestro municipio.
Para derrocar la satrapía, entre muchas otras tácticas, algunos
combatientes utilizaron el procedimiento terrorista de detonar bombas, que
causaban pérdidas a propiedades o muerte a inocentes,
a cuyo método Papá se oponía abierta y radicalmente.
No me consta, pero se rumoraba en aquel tiempo, que un puertopadrense
llamado “Yayo” Gálvez, hizo explotar en Santiago de Cuba un petardo, que era un
espécimen de pequeña bomba cilíndrica, que hacía mas ruido que el daño que
causaba.
No pudiendo descubrir quien había sido el verdadero autor de aquel hecho,
culparon a un joven estudiante amigo de Gálvez, nombrado Angulo Terry, quien
para poder salvarse. tuvo que abandonar esa ciudad urgentemente.
Para burlar a sus perseguidores, por medio de conexiones del mismo Gálvez
fue trasladado subrepticiamente a Puerto Padre.
Como era otro combatiente, mi padre lo reubicó en El Cayo, ocultándolo con
nombres ficticios en distintos buques de carga, donde a sus capitanes se les
hacía creer que era un Inspector aduanero de menor rango.
Angulo Terry, que era inquieto, audaz y valiente, no escuchando los
consejos de Papá de ocultarse por más tiempo, contra toda prudencia, decidió
regresar a su natal Santiago, a continuar la lucha.
Fue apresado, juzgado sumariamente, condenado a muerte sin pruebas y
fusilado, por un crimen que evidentemente no había cometido.
Gallardo hasta el último momento. no intentó salvar su vida delatando al
verdadero autor del hecho, cuya identidad él conocía.
Los miembros del ABC, unidos a todas las otras organizaciones opositoras,
no cejaron en su empeño, hasta obligar al tirano a abandonar la presidencia de
Cuba y huir al extranjero.
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EL ESBIRRO
El Cabo Vázquez
Durante la lucha contra la satrapía de Machado hubo muchas acciones
valerosas por miembros de las organizaciones opositoras, lo cual desató una
feroz persecución hacia los que combatían valientemente el oprobioso régimen.
Hubo grandes desmanes y asesinatos por lo que se conoció como La Porra, la
Policía y el Ejercito Nacional, que no cejaban en su cruento empeño de apoyar
la dictadura, pensando equivocadamente, que cumplían con su deber de proteger
la Republica, cuando en realidad lo que estaban haciendo era ayudar a un tirano
a aferrarse al poder.
Muchos de los desafueros de algunos defensores del régimen en nuestra zona,
fueron cometidos por un miembro del
ejército, conocido como el Cabo Vázquez, un individuo cruel y sanguinario, que
no vacilaba en matar inocentes, sin ningún remordimiento.
Antes de cometer cualquier crimen o desmán, solía envalentonarse ingiriendo
ron.
Si no bebía, no tenía agallas para asesinar.
En una ocasión fue a El Cayo a buscar a mi padre con aviesas intenciones,
pero al ser informado que Papá conocía de su presencia y los fines que traía;
ante el terror que le causó tener que enfrentarse a un hombre valiente, armado
y dispuesto a defenderse, el cobarde asesino regresó rápidamente a Puerto
Padre, sin atreverse siquiera a acercarse a su presunta víctima.
A la caída de Machado el pueblo se volcó a las calles y persiguió a quienes
de una forma u otra habían formado parte de la tiranía, para que sirviera de
ejemplo en el futuro.
Algunos escaparon, pero el cabo Vázquez fue capturado por una turba
vengativa.
Lo ataron a un automóvil, recibiendo una muerte horrible al ser arrastrado
vivo por las calles.
Ya muerto, rociaron su cadáver con gasolina y le prendieron fuego.
No sé si es verídico, pero se rumoró, que después de muerto, alguien, a
quien le había asesinado un hermano, en un momento de locura temporal, le
arrancó y se comió una de sus orejas.
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ADIOS A EL CAYO
El Fuerte de
la Loma, en la cima de Puerto Padre
En el año 1933, con el propósito de derribar el criminal gobierno de
Machado, una de las muchas tácticas de la oposición fue efectuar una huelga
general en toda la nación, de la cual uno de los principales organizadores en
nuestra zona fue mi padre, siendo ese el colofón que culminó con su
derrocamiento.
El día 12 de Agosto de 1933. huyó
hacia el extranjero el tirano, en lo que se conoce como la caída de Machado.
El pueblo jubiloso se volcó a las calles, pero, en medio de la gran
alegría, el populacho, entre ellos algunos aprovechados, saquearon y quemaron
varias moradas y comercios en Puerto Padre, pertenecientes a quienes apoyaron
la dictadura, o eran simplemente miembros del partido político gobernante.
Fue tal la inverosímil falta de cordura, que lanzaron al mar, desde la
punta del muelle, el automóvil de un honorable ciudadano de apellido Pisonero,
solo porque estaba afiliado al partido Liberal.
A solo dos casas de donde vivía mi abuela, trataron quemar, después de
saquearla, una residencia de dos plantas, perteneciente al Doctor Víctor Vega
Cevallos, un connotado y furibundo machadista, que había logrado escapar a
Camagüey, donde fijó posteriormente su residencia definitiva.
Ese incendio fue impedido debido a la oportuna intervención de mis tíos Claudio
y “Lito” Machado, muy respetados en el pueblo, y conocidos opositores al
derrocado régimen, porque, debido a la cercanía con el domicilio de su madre,
querían evitar que el fuego pudiera extenderse a éste.
Como los que combatieron frontalmente y derrocaron a Machado, no albergaban bajas pasiones, ni sed de
venganza, escondieron en sus hogares, o ayudaron a escapar a muchos vecinos,
amigos y conocidos que no habían cometido crímenes ni desmanes, salvándoles de
las turbas furibundas, cuyos integrantes, en su mayoría, no habían combatido al
derrocado régimen.
En la casa de mi abuela, mis familiares ocultaron a Guillermo Bernaza y su
familia, un perfecto caballero, cuyo único delito había sido pertenecer toda su
vida al Partido Liberal.
Cuando la situación se normalizó y los ánimos se calmaron, las fuerzas vivas, para celebrar el triunfo,
organizaron un gran acto cívico y manifestación frente al Parque de Puerto
Padre, al cual yo asistí luciendo orgullosamente en mi solapa un gallardete del
ABC.
Al retorno de la tranquilidad
proseguimos nuestra vida cotidiana en El Cayo, donde mi padre continuó en el
ejercicio de su posición aduanera.
Como dice el dicho que la alegría dura poco en la casa del pobre, las cosas
fueron de mal en peor en nuestra patria.
Ante la evidente realidad de que un nuevo grupo se había adueñado del
destino del país, entre ellos el “hombre fuerte”, ex sargento del ejército, y
desde el 4 de Septiembre de 1933 coronel, Fulgencio Batista, el pueblo volvió a
revelarse.
En Marzo de 1935 se organizó una
nueva huelga general, con el objeto de derrocar la ilegítima clase gobernante,
a la cual, como era de esperar, se unió y fue uno de sus principales
organizadores mi padre.
Para desdicha de nuestra patria, esa táctica no fructificó esta vez.
Todos los empleados gubernamentales que participaron en ella fueron,
primeramente suspendidos de empleo y sueldo, y luego cesanteados de sus cargos.
El autor de mis días, no teniendo ningún motivo para continuar viviendo en
El Cayo, decidió regresar inmediatamente a Puerto Padre para dedicarse al
comercio, y continuar desde allí su lucha contra Batista.
Yo me había acostumbrado a la vida en El Cayo, siendo un duro, terrible e
inesperado golpe, tener que abandonarlo tan abruptamente.
Aunque no nací allí, viví en él una parte
de mi infancia, perdurando imperecederamente en mi memoria, a pesar de los años transcurridos,
gratos e indelebles recuerdos de ese maravilloso lugar.
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