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El Guateque
Era una mañana de
domingo con olor a fritangas y bostezos; se sentía el morboso sopor
-con su modorra- y un aire húmedo, caliente, cargado de fragancias.
Esta quietud sólo se alteraba por graznidos de carairas y voces de
chiquillos que corrían hacia el río a pescar la biajaca o, quién
sabe, si a espantar a pedradas los totíes. Sin duda: la mañana de
sonrisas y sorbos de café no presagiaba lo que acontecería. Podía
haber sido una mañana más; pero la suerte cabalgaba dormida sin
percatarse de que, arremolinada alrededor de la tinaja, danzaba eterna
la retorcida trampa.
Como todos los días,
Taíta José lleva a cuestas sus años hacia la casa mayor -al centro
del batey- donde Candita prepara su café carretero, que José sorbe
brevemente en su jícara para, luego, continuar con su rutina. Se asea
y se viste con pantalón de dril, sombrero de yarey, guayabera,
zapatos a dos tonos y sale con la prestancia de un orisha, derramando
blancura. Sólo cuando el Taíta arrasta sus pasos por el terraplén,
en el pueblo amanece.
Al final del camino,
por un callejón empedrado, entre un montecino de tamarindos y ceibos
rodeado de buganvillas y mariposas, hay un bohío sin cerrojos ni
puertas. Allí vive el anciano, allí reposan y habitan desordenados
sus recuerdos allí tiene su altar. Allí el colibrí y el sol le
prestan sus colores a Ochumaré para coronar a Yemayá, quien con amor
rezuma miel en la mañana, otorgando su bendición al hombre que feliz
expande su canto: ¡Maferefun Obbatalá!, ¡Maferefun Shangó!, ¡Maferefun
Yemayá! Mientras, a repique de cuero, una negra conjura el delirio
que encierran sus caderas:
Siacara! entona a
viva voz una dulce canción:
El día es un canto de gracia al
sol y a la fuerza que lo habita. José alimenta sus dioses con frutas secas y
agua de arroyo. Se inclina ante el altar con humildad, hace repicar tres veces
la sonaja y es como si se dejase escuchar la voz del santo en respuesta al
llamado del viejo babalocha. Entonces aparece el coco, fruto mayor. Sin él no
hay santería. Lo toma entre sus manos, levanta sus manos en señal de ofrenda y
le bendice dejándole caer. Con un seco sonido se quiebra y de su seno brota,
manantial, el agua que acaricia la tierra donde se esparce.
El Taíta recoge al azar
cuatro pedazos y con sus dedos redondea las partes, dándole de comer a
los orishas y a los buenos espíritus con las migajas que pellizca,
pidiéndole se manifiesten y bendigan al día: es el obipikuti. El
silencio sagrado corta el aire impregnado en olor a guayaba, cómplice
del santero quien antes de la tirada, musita un rezo secular: "¡Atanú
Che Odda elfú aro mo be aché mimó aro mo be omu tuto ana tutu tutu
laroye!". Cierra su mano izquierda, toca el suelo varias veces y
dice: "Ile, moku kuele mi, untori ku, untori aro, untori eyé,
untori ofo, untori mo de li fun loni:. La tirada comienza; el azar
domina todo. La mano se abre, deja caer el acertijo y así, como milagro,
parece la letra. Letra mala: es sagrada y es firme. El negro se persigna
e invoca: "no haya muerte". Pero sabe que la muerte ya acecha.
Cantan los gallos y la sombra del
Taíta en el terraplén se desvanece. María Mercé se revuelca en su catre, se
estira y estruja los ojos en señal de fastidio. Mira por la ventana cómo Mamá
Dominga ordeña a Pijirigua y se levanta de repente. Está desnuda y brilla y se
vuelve a estirar y se toca las tetas, tan turgentes y duras como caimito verde.
Tiene la piel canela, suave, morena, fruta madura. Un cuerpo que es delirio con
sus altas montañas que bajan lentamente. Se mira varias veces al espejo
sonriéndose gustosa y se da unas nalgadas en las inmensas carnes donde alguno
del pueblo ha soñado perderse. Se pone una bata que marca su figura y sale al
patio; la gente no parece notarla. Va al aljibe, saca un balde con agua y lo
lleva a la recámara, y comienza a lavarse la entrepierna que frota, acaricia,
mientras piensa en José.
Mediodía. Olor a macho asado en
púa se mezcla con los tragos de aguardiente. Una nena de tímidas trenzas pide
el rabito del puerco al asador mirándole fijamente. José se queda absorto unos
instantes hasta que una frase lo hace reaccionar: "Avemaría purísima,
María Mercé, otra ve moletando al muchacho. ¡Qué vejiga más liera me ha
salío, carijo! " José vuelve a sonreír y María Mercé, con sólo nueve
años, sabe con quien quiere pasar el resto de su vida.
Es día de jolgorio. Un grupo de
chicas vestidas y olorosas se divierten, cuchicheando socarronamente y
auxiliándose de sonrisas, abanicos, pañuelos. Comienza el guateque y los
monteros con sus brazos tiernos, sus besos y sus miembros duros por la falta de
hembra durante la semana de faena, están por ingresar al barracón. Dos
repentistas irrumpen con la infaltable controversia, acompañados por guitarra,
laúd y tres. El primer hombre, guitarra en mano, canturrea:
Cuando un potro se enamora
y de una yegua se mete
seguro se forma el brete
al ratico y sin demora...
El segundo contesta:
trota libre a toda hora
no se detiene a pensar
mas cuando le va a ensillar
su jinete, se cabrea
y relincha y corcovea
sin que le pueda montar.
La respuesta de un tercero no se hace esperar:
Así el caballo flechado
por los ojos de su yegua
no tiene paz ni da tregua
cuando le quieren atar
lo que desa es saltar
de una vez a la pradera...
Otro repentista, con picardía,
remata el cantío:
...donde la potra cerrera
seguro le va a esperar
y entonces sí, se va a armar
la tremenda jodedera.
Se escuchan aplausos y risas, no
se puede precisar si es por las décimas recién improvisadas o por la llegada
de los hombres al batey. Hay música, comida, tragos, urgencias, sueños,
hombres y mujeres. El instinto y el azar hacen el resto.
De momento, María Mercé siente
una mano inmensa que la sostiene firme y la estrecha y la palpa desesperadamente.
Por temor, al principio no puede responder, pero al instante cede al deseo y
comienza a bajar lentamente, explorándolo todo, y trata de domar con sus
pequeñas manos ese potro bravío que se retuerce convulsivo, vibrante,
lujurioso. Y en un siglo de comunión perfecta, se mezclan los fluidos, se
comparten sabores, cuando dos se descubren amándose al final en estado de
gracia. Así fue que José, mientras sacaba su miembro todavía semierecto y
exhausto, se juró que amanecería eternamente al lado de su hembra.
El Taíta se estremece al
escuchar estrepitosas carcajadas, abre los ojos y no puede creer lo que está
viendo. Está desnudo y solo, en el centro del salón con el cuerpo arruinado
por los años, sin fortalezas, sin resguardos. Mira a su alrededor y ve frente a
sí mismo a aquel José, sonriente, con la niña Mercé manoseándose y haciendo
cochinadas. Y cierra los puños, desenvaina el machete, arremete con frenesí
contra el joven que fue y de un solo tajo le raja el pecho en dos. María Mercé
se esfuma como el miedo y el viejo se retira del baile con pasos lentos,
semejándose al sol con su explosión de colores. Su silueta se pierde en el
terraplén. Llega a su casa, se recuesta...duerme...Confundiendo el ayer se
escapa del olvido y despierta maravillado, sudoroso: soñando que está muerto.
Cuentan que, desde esa noche, el
sol no ha vuelto a aparecer por el batey.
Sometido por A. Labrada |